La Cena Secreta (Novela)

Fray Agustín Leyre, inquisidor dominico experto en la interpretación de mensajes cifrados, es enviado a toda prisa a Milán para supervisar los trazos finales que el maestro Leonardo da Vinci está dando a La Última Cena. La culpa la tiene una serie de cartas anónimas recibidas en la corte papal de Alejandro VI, en las que se denuncia que Da Vinci no sólo ha pintado a los Doce sin su preceptivo halo de santidad, sino que el propio artista se ha retratado en la sagrada escena, dando la espalda a Jesucristo. El remitente, al que en la Secretaría de Claves de los Estados Pontificios conocen como “el Agorero”, conoce a la perfección lo que está ocurriendo en el convento de Santa Maria delle Grazie y, desesperado por la pasividad de Roma, decide tomarse la justicia por su cuenta y acabar con los cómplices herejes que sostienen la labor de Leonardo.
Tres años de investigación y viajes a Vinci, Milán, Florencia y Roma han precedido la publicación de La cena secreta. Durante su trabajo de campo, Javier Sierra se tropezó con un hecho histórico bastante ignorado: que la región italiana de la Lombardía acogió entre los siglos XIII y XV a los últimos supervivientes de la herejía cátara. La Milán que vio Leonardo da Vinci, dejó vivir en paz a los cátaros represaliados del Languedoc francés que vieron con horror la caída de sus correligionarios en Montsegur en 1244. Aquellos hombres se hacían llamar los “puros”, y se creían seguidores de la verdadera tradición apostólica instaurada por Jesús de Nazaret.

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